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‘Weapons’: el terror que surge a partir de la desconexión moral

‘Weapons’: el terror que surge a partir de la desconexión moral

La película muestra cómo el propio cerebro de una persona puede transformarla en el villano de la historia de otra persona.

La nueva película del director Zach Cregger, Weapons, líder de taquilla en múltiples territorios, explora la inquietante idea de que los verdaderos monstruos podrían no estar acechando bajo nuestra cama, sino en nuestra mente.

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Más allá de ser una simple táctica para asustar, el filme ilustra cómo el cerebro de una persona puede transformar a alguien decente en el villano de la historia de otra persona.

Tras su gran éxito con la película de terror Barbarian (2022), en Weapons Cregger presenta una pesadilla psicológica que sirve como una retorcida exploración del comportamiento humano. Muestra lo rápido que las personas normales pueden convertirse en agentes de crueldad, mientras siguen creyendo que son héroes.

La película comienza con la desaparición de 17 niños de una misma clase, que dejan atrás solo unas imágenes borrosas de las cámaras de seguridad en las que se les ve corriendo como pequeños aviones indefensos. Sin embargo, el verdadero horror se desarrolla cuando la comunidad de Maybrook, una pequeña ciudad de Pensilvania, se sumerge en el caos en lugar de unirse.

Los padres acusan a los profesores, los vecinos desconfían unos de otros y vidas inocentes se ven trastornadas en la búsqueda del culpable. Este colapso se basa en investigaciones psicológicas que muestran cómo el comportamiento humano puede deteriorarse bajo presión.

La psicología detrás de ‘Weapons’

La teoría de la identidad social es un concepto científico que especula con que nuestro cerebro está programado para dividir el mundo en “nosotros” (aquellos que consideramos buenos) y “ellos” (aquellos que percibimos como amenazas). Este proceso se intensifica cuando las personas se enfrentan al miedo o al estrés.

En Weapons, vemos esta teoría en acción a medida que la comunidad se desintegra. La profesora Justine Gandy (Julia Garner) se convierte en un blanco fácil, no por pruebas concretas, sino porque encaja perfectamente en el papel de los otros, “ellos”. Los padres de los niños desaparecidos buscan a alguien a quien vilipendiar, y ella se convierte en el chivo expiatorio de sus miedos.

Esta idea se basa en décadas de investigación que demuestran que incluso las divisiones de grupo más endebles pueden desencadenar un pensamiento vicioso de “nosotros contra ellos”. En experimentos hechos en laboratorios, las personas asignadas a grupos completamente irrelevantes (como “sobreestimadores” frente a “subestimadores”) comienzan inmediatamente a favorecer a su propio grupo y a discriminar al otro.

Aquí es donde las cosas se ponen realmente aterradoras. La película muestra a personajes haciendo cosas horribles convencidos de que están haciendo lo correcto, un fenómeno que los psicólogos denominan “desvinculación moral”.

Piense en ello como un generador de excusas incorporado en su cerebro. Cuando quiere hacer algo que viola sus estándares morales normales, su mente le proporciona justificaciones tales como:

  • “Es por un bien mayor”.
  • “Se lo merecen”.
  • “Todo el mundo lo hace”.
  • “Solo sigo órdenes”.

Investigaciones recientes demuestran que esto no solo se aplica a los villanos de las películas, sino que es la forma en que la gente común se convence a sí misma de que la crueldad está justificada.

Un estudio de 2025 descubrió que cuando las personas están bajo estrés (por ejemplo, al lidiar con la desaparición de unos niños) son mucho más propensas a tomar decisiones frías y calculadas que priorizan los resultados por encima de los principios morales. El cerebro estresado reescribe la ética en tiempo real.

Weapons aprovecha estos y otros inquietantes hallazgos psicológicos. Tomemos, por ejemplo, el controvertido experimento de la prisión de Stanford de 1971, en el que los participantes encargados de hacer de “guardias” adoptaron rápidamente comportamientos sádicos hacia los “prisioneros”. O los igualmente polémicos experimentos de obediencia del psicólogo estadounidense Stanley Milgram, que demostraron cómo personas normales administraban lo que creían que eran descargas eléctricas letales bajo las órdenes de una autoridad.

Ambos se consideran ahora extremadamente poco éticos, y los expertos coinciden en que la realización de tales estudios se prohibiría si se propusiera hoy en día. Estos experimentos fueron tan perjudiciales para sus participantes que condujeron directamente a importantes reformas en la ética de la investigación.

Sin embargo, muchos siguen creyendo que ambos revelaron una verdad escalofriante: casi cualquier persona puede convertirse en “mala” en las circunstancias adecuadas. Es alarmante que, en las pruebas de Milgram, alrededor del 65 % de los participantes llegaran a aplicar descargas eléctricas de voltaje máximo, lo que indica que las personas normales son vulnerables a la manipulación psicológica en entornos grupales.

Weapons presenta esta misma dinámica, pero en el contexto de un barrio suburbano aparentemente idílico.

La trampa de la empatía

Weapons también muestra que las personas que más se preocupan por una situación pueden convertirse en sus principales objetivos. La película no castiga a los personajes por ser crueles, sino por ser amables.

Tomemos como ejemplo a la profesora Justine Gandy (Julia Garner). Su caída no se debe a que sea malvada o incompetente, sino a que se preocupaba demasiado por un alumno desatendido y traspasó los límites invisibles de la relación “adecuada” entre profesor y padre. Su empatía la convierte en una outsider, y los outsiders son chivos expiatorios perfectos. La comunidad transforma su compasión en prueba de su culpabilidad.

Aún más escalofriante es lo que le sucede a Marcus (Benedict Wong), el director de la escuela. En un momento en el que muestra preocupación por un niño, su interés se convierte en algo siniestro. Su empatía es castigada con extremo prejuicio, transformando su decencia humana en malicia y destrucción.

Estudios recientes han explorado el “postureo ético”: cuando las personas muestran indignación moral no porque realmente algo les importe, sino porque les hace quedar bien socialmente. La investigación muestra que las cruzadas morales en línea a menudo tienen poco que ver con ayudar realmente a alguien y todo que ver con la gestión de la imagen personal.

Peor aún, los psicólogos han identificado la “empatía como arma”, que consiste en utilizar el deseo natural de las personas de ayudar a los demás para manipularlas y que apoyen causas perjudiciales. La compasión se convierte en el arma que otra persona utiliza contra nosotros.

Weapons triunfa como película de terror porque no se basa en criaturas sobrenaturales ni en escenas sangrientas. En cambio, nos muestra a los verdaderos monstruos: aquellos en los que nos convertimos cuando nuestra psicología funciona exactamente como la evolución pretende.

La película sugiere que la mayor amenaza para cualquier comunidad no es un mal externo. Es la decisión colectiva de abandonar la empatía, el pensamiento crítico y la decencia humana básica en favor de la guerra tribal y el teatro moral.

Mientras los créditos pasan sobre el sangriento final de la película, nos quedamos con una pregunta incómoda: en una crisis, ¿de qué lado de esa guerra estaríamos? Y lo que es más importante, ¿lo sabríamos siquiera?

Edward White, PhD Candidate in Psychology, Kingston University

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.


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