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¿Está la Cleopatra negra de Netflix reescribiendo la historia?

¿Está la Cleopatra negra de Netflix reescribiendo la historia?

Cleopatra es un icono en la cultura estadounidense desde mediados del siglo XIX: una serie documental de Netflix en la que la interpreta una actriz negra reaviva una vieja polémica.

El 10 de mayo de 2023, Netflix iniciará la emisión de una serie documental dedicada a las reinas africanas, dirigida por la actriz y productora estadounidense Jada Pinkett Smith. Cleopatra, reina de Egipto (69-30 a. e. c.), estará interpretada por la actriz negra Adele James, una elección que ha desatado controversias desde la difusión del tráiler el 12 de abril de 2023.

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Esta serie reaviva polémicas recurrentes en Estados Unidos sobre el lugar que ocupan los negros en la sociedad y la forma en la que se cuenta su historia.

En una petición lanzada en Egipto y firmada ya por más de 18 000 personas, se acusa a las directoras de blackwashing, es decir, de transformar deliberadamente una figura histórica supuestamente blanca en una mujer negra. El blackwashing y el whitewashing –mucho más común– consisten en utilizar actores negros para interpretar a personajes blancos, o supuestamente blancos, y actores blancos para interpretar a personajes no blancos, respectivamente, en un drama histórico o en la adaptación de una obra.

Cleopatra ha sido durante mucho tiempo un icono de la comunidad afroamericana en la ficción y el arte estadounidenses. Pero el problema de esta nueva película es que se trata de un documental: su propósito educativo requiere matices y precisión.

Cleopatra en América

Desde, al menos, mediados del siglo XIX, Cleopatra ha estado presente en la cultura estadounidense. Ya en 1858 fue encarnada en mármol por el escultor neoclásico William Wetmore Story. En 1876, la escultora afroamericana Edmonia Lewis realizó a su vez una obra en mármol que representaba el suicidio de la reina.

Edmonia Lewis, La muerte de Cleopatra, 1876, mármol, Smithsonian American Art Museum.

 

Ese mismo año, el busto de porcelana dorada de Isaac Broome mostraba a una reina mestiza de perfil griego y piel negra. Broome cuestionaba así dos grandes temas en Estados Unidos: el papel político de la mujer y el lugar de los negros en la sociedad.

La civilización del antiguo Egipto plantea un problema ideológico en la América segregacionista: la historia de la humanidad tuvo una gran civilización que no fue ni blanca ni europea, a diferencia de las culturas griega y romana. Ya en 1854, Frederick Douglas, defensor de la abolición de la esclavitud, había observado que “el hecho de que Egipto sea uno de los primeros hogares del conocimiento y la civilización está firmemente establecido. […] Pero Egipto está en África”.

Así, Cleopatra fue elevada gradualmente a la categoría de símbolo de la lucha contra la esclavitud.

Busto de Cleopatra por Isaac Broome, 1876.
Semantic scholar

Un icono negro

Fue sobre todo en la segunda mitad del siglo XX cuando Cleopatra se convirtió en un icono afroamericano. El contexto en el que se produjo este renacimiento del interés por la reina, y más en general por la egiptomanía estadounidense, fue bastante particular: el avatar de Cleopatra formaba parte de la reivindicación de los derechos civiles de los negros.

La reina representa la lucha de África contra la esclavitud. Su suicidio se ve como un rechazo a someterse al poder blanco. Se trata, evidentemente, de una relectura de la historia, una reconstrucción retrospectiva del pasado en la que, por razones muy contemporáneas, un grupo social busca una figura supuestamente gloriosa para transformarla en una figura emblemática.

Aquí encontramos la necesidad de encontrar en el pasado lejano, en este caso la Antigüedad, iconos que puedan encarnar reivindicaciones u orgullos contemporáneos.

Cartel de la película Cleopatra Jones (Jack Starrett, 1973).

 

No es casualidad que el nombre de la reina se diera a la heroína negra Cleopatra Jones, agente de la CIA y James Bond femenino y negro, en dos películas de blaxploitation de los años setenta: Cleopatra Jones (Dynamite Jones), de 1973, y Cleopatra Jones y el casino del oro, de 1975.

Una heroína a la que le encantan las chaquetas de piel, los pantalones de campana y los trajes llamativos. Como la reina de los textos romanos, encarna la inversión del código de la sociedad de la época y simboliza, por el contrario, la esperanza de un mundo nuevo y más justo. La justiciera negra con corte de pelo “afro” caza a los rubios malvados en una mezcla de reivindicación e ironía: aquí los criminales no son negros, lo negro es bello.

En la película de 2002 Austin Powers en Miembro de Oro, Beyoncé parodia ese papel. En esta ocasión se llama Foxxy Cleopatra, pero los ingredientes son los mismos: la Cleopatra negra contemporánea, vestida de cuero, empuña las armas al servicio de la justicia mundial.

Un retelling problemático

Cleopatra ya había sido representada con éxito en el teatro por actrices negras, como Yanna McIntosh en la obra de Shakespeare Antonio y Cleopatra (Stratford Festival, 2015). Esto, por cierto, no contradice el texto, ya que la reina se define como “negra” (“de frente leonada”).

Yanna McIntosh (2015) y Chantal Jean-Pierre como Cleopatra (2016).

 

Al año siguiente, en el mismo papel, Chantal Jean-Pierre (de Cincinnati Shakespeare Company, 2016) convenció ampliamente al público con el aplomo y la elegancia de su interpretación.

Si la serie documental que ofrece Netflix se distancia de estas interpretaciones ficticias es porque difunde un mensaje cuanto menos cuestionable en un formato que pretende ser educativo.

En el tráiler, un primer narrador recuerda con acierto que Cleopatra fue “una gobernante ptolemaica” y que “el primer Ptolomeo fue un general de Alejandro Magno”. De ello se deduce que Cleopatra era, al menos en parte, de origen grecomacedónico y europeo. Esta es, de hecho, la única certeza que tenemos sobre sus orígenes.

Adele James como Cleopatra. Captura de pantalla del documental La reina Cleopatra (Jada Pinkett Smith, 2023) en emisión a partir de mayo de 2023.
Nerflix

Luego, otro interlocutor dice: “Es posible que fuera egipcia”. Es cierto que su madre y sus abuelas podrían haber sido concubinas egipcias de los últimos Ptolomeos. Pero la propia Cleopatra no dice nada al respecto en los textos oficiales. Sólo menciona a su padre, el rey Ptolomeo XII Neos Dionisio, y se define a sí misma como thea philopator, es decir, “diosa que ama a su padre”.

Un tercer narrador dice finalmente: “Mi abuela me decía: No me importa lo que te hayan dicho en la escuela, Cleopatra era negra”.

Aquí es donde el documental da un giro particularmente dudoso desde el punto de vista científico, y hace acusaciones que parecen infundadas. ¿Qué sentido tiene esta intervención, aparte de sugerir que Cleopatra no sólo era realmente negra, sino que el color de su piel fue deliberadamente blanqueado por las repetidas mentiras de generaciones de profesores?

Cleopatra en una trampa

De hecho, la figura de la reina lleva mucho tiempo atrapada en debates entre “eurocentristas” y “afrocentristas”. La investigadora Ella Shohat informó en 2003 sobre virulentas e inútiles controversias en torno al color de la piel de la reina y su tipo “racial”.

¿Era Cleopatra blanca, negra o mestiza? Tales preguntas se refieren menos a la época multicultural y sincrética de Cleopatra que a las fantasías racistas de los siglos XIX y XX. ¿Es pertinente intentar calificar la forma de la nariz o los labios de la reina como europeos o africanos basándose en sus representaciones? Este tipo de cuestionamiento parece extremadamente dudoso. El eurocentrismo y el afrocentrismo comparten la misma lógica segregacionista, ignorando la diversidad étnica de la época y la región en la que vivió la Cleopatra histórica.

No está claro por qué la población del valle del Nilo hace 2 000 años habría sido uniformemente negra, es decir, fundamentalmente diferente de lo que sigue siendo hoy: diversa y mezclada.

Egipto y las estrellas de la canción

La asociación entre el antiguo Egipto y la africanidad también ha llevado a algunas estrellas de la canción a adoptar temas egipcios. La cantante afroamericana Rihanna muestra la Isis alada que lleva tatuada bajo el pecho. Sube al escenario vestida de Cleopatra y canta, micrófono en mano, sentada en un trono dorado, durante su “Cleopatra Performance” (2012).

Se trata de una reapropiación “africanista” del antiguo Egipto. Al mismo tiempo, Rihanna, la celebridad global de la década de 2010, contribuye a salpicar de temas egipcios esta cultura globalizada, producida en América y luego extendida al resto del mundo.

Toda esta actualidad del mito refleja la extraordinaria popularidad de la última reina de Egipto, aunque sea superficialmente, entre un público joven y adolescente. Cleopatra se presta muy bien a la representación de una sociedad mixta de la que probablemente la figura histórica no habría renegado.


Christian-Georges Schwentzel es autor de Cleopatra, ediciones PUF, colección “Biografías”.


Christian-Georges Schwentzel, Professeur d’histoire ancienne, Université de Lorraine

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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