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Aprendemos a lo largo de toda la vida, pero no de la misma manera ni las mismas cosas

Aprendemos a lo largo de toda la vida, pero no de la misma manera ni las mismas cosas

Nuestro cerebro tiene mayor capacidad de asimilación y plasticidad en los primeros años de vida; hacia la madurez, podemos adquirir conceptos más complejos y ser más críticos.

El aprendizaje se puede interpretar como el proceso en el cual se modifica nuestro sistema nervioso central para interiorizar y adherir el conocimiento. Este proceso se adquiere y se realiza desde etapas muy tempranas del desarrollo hasta que el individuo fallece. Es decir, desde el desarrollo embrionario hasta el fallecimiento, el ser humano no deja de aprender.

Desde la perspectiva de la psicología del desarrollo, las etapas del aprendizaje son muy variadas y heterogéneas, con múltiples diferencias que las hacen únicas y particulares en función de las características de cada individuo. Por ello es imposible determinar que una persona aprende igual que otra o, incluso, en el mismo momento y de la misma forma.

De más capacidad a más complejidad

Durante el desarrollo infantil, se producen cambios neurofisiológicos que permiten la adquisición de conocimientos cada vez más complejos, pero, de igual manera, se limita la amplia capacidad que presentan los niños y las niñas de obtener más aprendizajes.

Una vez alcanzada la madurez neurobiológica, los cambios son más de tipo funcional que estructural, hasta llegar a la adolescencia o a la edad adulta.

En este momento lo que acontece es un proceso de optimización del funcionamiento de las estructuras construidas, lo que permite que el aprendizaje se haga más complejo y se puedan desarrollar ideas y pensamientos mucho más profundos y deliberados que en la etapa infantil.

La importancia de los contextos

Todo este desarrollo se perfila en el entorno familiar y en el centro educativo, contextos clave para que la persona comience con su aprendizaje, adquiera las competencias necesarias para el desarrollo de las actividades básicas de la vida diaria, así como para que vaya mejorando sus cualidades y destrezas con el fin de ganar una mayor autonomía y funcionalidad, con lo que mejorará significativamente su calidad de vida.

Los padres y los profesores se convertirán en los principales agentes educativos. En ellos recae la misión y el objetivo de educar al menor para que se desarrolle de forma correcta, incidiendo en su aprendizaje cognitivo, afectivo y social.

Edad adulta: pensamiento científico y ética

En la etapa adulta, la persona es capaz de dominar varias dimensiones del conocimiento, como los aspectos científicos, artísticos, técnicos, morales o los conflictos sociales. Estas construcciones, desde un punto de vista del desarrollo, podrían ser consideradas como una evolución de los pensamientos más simples o básicos que se comienzan a desarrollar en la infancia y se van perfilando en la adolescencia.

Autores como Piaget destacan que la vida del adulto tiene dos aspectos clave relacionados con el aprendizaje: el primero se relaciona con el pensamiento científico y el segundo con la ética, dos constructos que no se desarrollan completamente hasta la edad adulta.

Durante esta etapa, la persona lleva a cabo el proceso de individuación: se convierte en un ser complejo, desarrollando todas sus potencialidades, y llega al culmen de su proceso de aprendizaje.

Ralentización y vejez

Por último, en la vejez, el ser humano experimenta una ralentización de los procesos de aprendizaje. Aunque sigue adquiriendo conocimiento, este proceso se limita si se compara con las etapas anteriores del desarrollo.

La persona anciana se ve vulnerable ante el deterioro de sus procesos cognitivos, que van a restringir las capacidades necesarias para la absorción de conocimiento. Poco a poco, la red neuronal se verá mermada dificultando la asimilación de nuevos aprendizajes, por lo que, en esta etapa, se reduce significativamente la función de adquisición del conocimiento.

¿Cuándo se aprende mejor?

Teniendo en cuenta estos datos, es conveniente destacar que el periodo idóneo para el aprendizaje se localiza en los primeros años de vida de una persona, es decir, en la etapa de la infancia y la adolescencia.

En estos estadios se dispone de una plasticidad cerebral única que permite adquirir con mayor solvencia los conocimientos fundamentales para, poco a poco, madurarlos durante etapas posteriores hasta llegar a la adultez; es en este periodo en donde la capacidad de aprendizaje es máxima y el individuo puede adquirir cualquier conocimiento que desee.

¿Cuándo aprender qué?

No obstante, es preciso destacar que no todos los conocimientos se adquieren de la misma manera. Existen habilidades o competencias que se deben desarrollar en ciertas etapas del desarrollo: esto se debe a la maduración de las estructuras neurológicas relacionadas con el aprendizaje.

Por ejemplo, no es lo mismo aprender a montar en bicicleta que resolver un problema matemático complejo. En edades tempranas, ciertas estructuras no son lo suficientemente maduras para poder llevar a cabo procesamientos más complejos o abstractos, por lo que existen limitaciones o edades idóneas para la adquisición de ciertos conocimientos. Por ello, es importante determinar la edad y el conocimiento que se desea aprender.

Durante las primeras etapas del desarrollo, los niños y las niñas adquieren mucho más rápido la lengua en comparación con edades más avanzadas. Al llegar a la adolescencia, se establece la identidad y la búsqueda de nuevas experiencias y vivencias, desarrollando las habilidades sociales, afectivas y comunicativas. Por último, en la adultez se comienzan a desarrollar pensamientos lógicos y críticos que permiten la adquisición de conceptos abstractos y complejos en relación al mundo que nos rodea.

El aprendizaje es un constructo complejo y, aunque existan periodos críticos en donde se deban adquirir ciertos conocimientos, el ser humano nunca deja de aprender.The Conversation

Alejandro Cano Villagrasa, Profesor en el Grado de Logopedia y Psicología, Universidad Internacional de Valencia y Beatriz Valles-González, Directora del Grado en Logopedia, Universidad Internacional de Valencia

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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