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Una fotografía en color no es más realista que una en blanco y negro

Una fotografía en color no es más realista que una en blanco y negro

Cada vez se pone más de moda el coloreado de imágenes, tanto fijas como en movimiento, que originalmente fueron capturadas en blanco y negro. ¿A qué se debe y a dónde lleva?

En los últimos años hemos asistido al auge de la técnica del coloreado de imágenes, especialmente prolijo en los campos del cine y de la fotografía.

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Se han estrenado largometrajes y series documentales como La Segunda Guerra Mundial en color (Jonathan Martin, 2009), Ellos no envejecerán (Peter Jackson, 2018) y España en dos trincheras. La Guerra Civil en colores (Francesc Escribano, Lluís Carrizo, 2016). Todos se caracterizan por haber coloreado materiales fílmicos originalmente registrados en blanco y negro.

La reciente publicación de la obra El color del tiempo. Una historia visual del mundo 1850-1960 es otro ejemplo de la relevancia de la técnica del coloreado en la actualidad. El libro incluye 200 fotografías de alto valor histórico y documental, originalmente en blanco y negro, pero coloreadas con técnicas digitales muy precisas.

Ya en los años 80 del pasado siglo Time Warner decidió colorear películas clásicas como El sueño eterno, Casablanca o ¡Qué bello es vivir!. Esto provocó una airada respuesta de cineastas como Woody Allen, John Huston, Fred Zinnemann o Martin Scorsese por lo que consideraban un auténtico ultraje.

El historiador británico Antony Beevor considera que uno de los objetivos del coloreado de las viejas películas documentales es “hacerlas reconocibles para una generación joven”.

En efecto, la restauración, coloreado y sonorización de estos films, originalmente en blanco y negro, y la mayoría de las veces sin banda sonora alguna, constituye una operación de “reconstrucción” que altera muy notablemente la experiencia visual original, de la que no es consciente una gran parte de la ciudadanía.

Controversias

En este sentido, se puede afirmar que El color del tiempo es una obra controvertida, que ha provocado una división de posiciones entre los profesionales de la fotografía. Algunos especialistas en coloreado y posproducción digital se han declarado partidarios de esta técnica, mientras que una parte de la profesión fotográfica reivindica el uso del blanco y negro como forma expresiva relevante.

Los profesionales tienen muy claro que fotografíar, rodar o grabar en blanco y negro constituye una opción estética tan respetable como hacerlo en color. Las imágenes en blanco y negro transmiten emociones, conceptos y pensamientos muy determinados, diferentes a cómo lo hacen las imágenes en color. Sin embargo, existe cierta controversia entre los historiadores y expertos en el estudio de las imágenes.

En primer lugar, hay una corriente de historiadores, teóricos y críticos de la imagen que advierten contra el peligro de que una buena parte de la ciudadanía –sobre todo los más jóvenes– termine creyendo que las imágenes en color son “más verdaderas” que las imágenes en blanco y negro. La expansión del coloreado de fotografías y películas puede hacernos olvidar que no son la realidad, sino “representaciones” de esta.

En segundo lugar, hay teóricos e historiadores de la imagen que defienden el uso creativo del coloreado de imágenes como una opción creativa que puede ayudar a “aumentar el realismo” de las fotografías o de los films documentales. Se trata de posiciones que reivindican el carácter interpretativo o subjetivo de toda lectura histórica. Es decir, buscan legitimar la interpretación abierta de la historia. En consecuencia, el coloreado de imágenes puede resultar una herramienta útil para comprender mejor el pasado, para ayudar a “acercarnos” a él. El peligro de esta perspectiva de trabajo es que se olvide que las imágenes coloreadas, como toda imagen, son representaciones, es decir, no son la realidad.

Además, se constata que los avances tecnológicos en el coloreado –asistido además por la inteligencia artificial– han dado lugar a nuevos productos y a nuevos modelos de negocio.

El coloreado de imágenes en blanco y negro se percibe como una operación “natural”. Hay páginas web –Myheritage, Cutout.pro, Image colorizer, HitPaw Photo Enhancer, Colourise, Lunapic…–, además de aplicaciones –Photoshop elements, AKVIS Coloriage o ColouriseSG– y herramientas basadas en algoritmos de deep learning, muchas de ellas gratuitas, que ofrecen resultados asombrosos cuando se pretende colorear fotografías antiguas.

No deja de ser sorprendente cómo se ha popularizado esta práctica fotográfica, lo que apunta a la existencia de un profundo cambio en la mentalidad de la ciudadanía.

Nuevas formas de ver

A nuestro juicio, el coloreado de fotografías y películas es una tendencia que no es fruto de la casualidad, sino que puede relacionarse con el actual contexto de la desinformación y de la posverdad, con la irrupción de las deep fake y la inteligencia artificial.

En cierto modo, el coloreado de imágenes puede contribuir a que se refuerce el efecto de realidad de fotografías, películas y vídeos, al hacer más creíbles las imágenes. Las imágenes coloreadas parecen más realistas para los espectadores menos formados en su lectura, porque se presentan sin los contextos históricos, sociales y culturales en los que han surgido.

La mayoría de espectadores no son conscientes de esta “ilusión” de realidad, precisamente porque hay poca formación sobre este tema. Por ello, la ciudadanía en general es presa fácil de los bulos y de desinformación que circula por las redes sociales, de memes, fake news, etc., que juegan con la credibilidad del público.

Fotografía de una mujer operando un taladro manual en Vultee-Nashville. La mujer trabaja en un bombardero. La fotografía original, en color, y su conversión a blanco y negro son ambas de Alfred T. Palmer’s en 1943.
Library of Congress, Prints & Photographs Division, Farm Security Administration/Office of War Information Color Photographs

En este sentido, el coloreado de imágenes no nos acerca más a la realidad, sino que, paradójicamente, nos aleja de ella. Las imágenes en blanco y negro son representaciones de la realidad. Las imágenes coloreadas son manipulaciones visuales disimuladas que se aplican sobre imágenes que se percibían ya como manipulaciones visuales de una forma más obvia.

Ante ello los ciudadanos –muy especialmente los más jóvenes– no disponen de las competencias básicas para comprender la naturaleza de la mediasfera que nos envuelve.

Poca alfabetización mediática

Los jóvenes no han recibido formación visual. Hoy en día incluso los estudiantes universitarios de comunicación audiovisual, periodismo o publicidad muestran cierto rechazo o desinterés por las imágenes en blanco y negro. Su percepción es que son menos reales que las coloreadas.

Pero muchas fotografías en blanco y negro de Sebastião Salgado, Eugene Smith, Cristina García Rodero o Henri Cartier-Bresson contienen más “verdad” que muchas fotografías en color del fotoperiodismo contemporáneo.

La alfabetización visual es fundamental para la formación de una ciudadanía que sea capaz de enfrentarse al contexto de la desinformación que nos rodea. El aumento de pantallas incrementa la presencia de imágenes y de relatos audiovisuales banales, que no contribuyen a mejorar nuestra capacidad crítica ante las imágenes sino que nos hacen más sumisos y acríticos ante ellas.

Es urgente incorporar en el currículum de la educación reglada contenidos relacionados específicamente con la educación mediática e informacional. Existen directivas europeas que recomiendan a los países miembros de la UE que se haga un esfuerzo en este sentido. España acaba de perder una nueva oportunidad para avanzar en este terreno: la nueva LOMLOE no ha incluido estos contenidos con la rotundidad que sería necesaria, como hemos denunciado.

Sin duda, se trata de un largo y complejo camino en el que es necesaria la colaboración activa de numerosas instituciones, entre otras, las universidades, las administraciones educativas, los reguladores del sistema mediático y los medios de comunicación públicos y privados.

Javier Marzal Felici, Catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad, Universitat Jaume I y María Soler Campillo, Profesora Contratada Doctora de Comunicación Audiovisual y Publicidad, Universitat Jaume I

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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