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¿Es bueno ‘ser bueno’? Lo que dice de nosotros el control de la conducta infantil

¿Es bueno ‘ser bueno’? Lo que dice de nosotros el control de la conducta infantil

Portarse bien no es lo mismo en Europa, en la India o en China; ni era lo mismo en el siglo XVIII que en el XXI. Tampoco es siempre bueno obedecer.

La percepción de lo que constituye una “mala conducta” en niños y niñas es un espejo de los valores y estructuras sociales de una época. Cuando decimos que un niño “se porta mal” estamos haciendo un juicio a partir de nuestras expectativas adultas sobre cómo debe ser la conducta infantil.

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Es importante analizar de qué dependen estos juicios adultos y, por otra parte, en qué contextos los niños y las niñas son capaces de subvertir el orden establecido y desobedecer.

Adultos en miniatura

La filosofía de crianza en la cultura occidental ha evolucionado a lo largo de los siglos, en paralelo a los cambios en la estructura económica, familiar y las políticas reproductivas.

Antaño, la prole era un bien imprescindible para la economía familiar y la mortalidad infantil era alta. La crianza tradicional valoraba la adquisición de actitudes maduras, más adaptativas a las circunstancias que niñas y niños tenían que afrontar como mano de obra barata y asumiendo labores domésticas desde muy pronto.

A finales del siglo XIX, esta concepción de los niños como “adultos en pequeño” empieza a cambiar para ir transformándose en el concepto de infancia actual. Hoy en día, la infancia es entendida como un periodo vulnerable que requiere de unos cuidados y una educación.

Portarse mal adquiere significados muy diferentes en estos distintos contextos históricos, ya que las conductas que se esperan de la infancia son muy distintas.

Diferencias históricas y culturales

Justamente partir del siglo XIX los adultos en las culturas occidentales comienzan a mostrar preocupación por la felicidad de niños y niñas. Esta “cultura emocional popular” se refleja en manifestaciones culturales como la celebración de cumpleaños infantiles, que comienzan a aparecer en esa época en la alta sociedad.

Estas diferencias no se observan solo entre distintos contextos históricos, sino también entre distintas culturas. Si preguntamos en los países occidentales qué es más importante conseguir en la crianza de un hijo, las respuestas apuntarán mayoritariamente a la felicidad, mientras que en países como India o México apuntan al éxito, y en China al buen estado de salud.

De esto podemos inferir que “portarse mal” en esas distintas culturas estará relacionado con conductas que desvían a los niños de los objetivos que para ellos ha marcado la sociedad adulta.

Cambios de perspectiva sobre la conducta infantil

Por tanto, la definición de mala conducta no es absoluta sino relativa al contexto y las expectativas adultas. Un comportamiento puede ser calificado de inadecuado si resulta inconveniente o perjudicial bajo el prisma de los adultos. Desde este punto de vista, la pregunta importante no es por qué los niños y las niñas se portan mal, sino qué condicionantes culturales llevan a los adultos a enjuiciar la conducta infantil como mala o buena.

Por ejemplo, desde la ética protestante que forma el “espíritu capitalista” del mundo occidental, se pone gran énfasis en la disciplina, el trabajo duro y la austeridad. Desde esta ética, se considerarían malos comportamientos la desobediencia a la autoridad, así como la falta de disciplina, de autocontrol y de esfuerzo.

Esta ética originalmente venía acompañada de la creencia de que el niño o la niña son malos por naturaleza, como señala por ejemplo en su libro El deber de los padres: Cómo criar a tus hijos a la manera de Dios el pastor anglicano J.C. Ryle:

“No debes pensar que es algo extraño e inusual que los pequeños corazones puedan estar tan llenos de pecado. Es la única herencia que nos dejó nuestro padre Adán; es esa naturaleza caída con la que venimos al mundo; es esa herencia que nos pertenece a todos”.

La visión ilustrada

Frente a esta ética protestante, encontramos posicionamientos muy diferentes sobre la educación y la naturaleza de los niños y las niñas como el del ilustrado Jean-Jacques Rousseau. En su Emilio, o sobre la educación, este filósofo plantea que el ser humano es bueno por naturaleza y que la educación debe consistir en guiar la voluntad de aprendizaje del niño y el adolescente sin coartar su libertad.

La comprensión moderna de la educación está más próxima a los planteamientos de Rousseau que a los de Ryle, en términos generales. Desde esta perspectiva los comportamientos disruptivos de la infancia a menudo indican necesidades no satisfechas o ausencia de un entorno estimulante, lo que situaría la responsabilidad del mal comportamiento en el contexto y no en el individuo.

Prohibir dando razones

La psicología del desarrollo moral es un área de estudio clave que profundiza en las dinámicas de la obediencia y desobediencia infantil. Entre los expertos destacados en este campo se encuentra el psicólogo estadounidense Eliot Turiel. En su obra The Culture of Morality (La cultura de la moralidad), Turiel examina cómo diferentes “culturas de la moralidad” coexisten y evalúan la obediencia y el mantenimiento del orden moral desde varias perspectivas.

En este sentido, también los conflictos que surgen con niños, niñas y adolescentes se pueden enjuiciar desde distintos puntos de vista, bien como un desafío a la autoridad, bien como una resistencia hacia normas que van en contra de su bienestar, sus intereses o sus propios juicios morales.

Turiel y otros autores ponen de manifiesto que el incumplimiento de las normas por parte de los niños depende, en gran medida, de las razones que les demos para establecerlas. En otras palabras: siempre que prohibamos algo hemos de dar una buena razón para hacerlo si queremos evitar que nos desobedezcan.

Actitud ante la autoridad

Alrededor de los 3 o 4 años, los niños y niñas comienzan a valorar sus elecciones personales y su autonomía. Este inicio de la independencia en relación con sus propios gustos y elecciones se convierte en el ámbito de mayores conflictos con sus padres y otras figuras de autoridad.

Los niños consideran que la elección de las actividades para divertirse, la elección de amigos y de compañeros de juegos, las actividades de expresión y creatividad así como el control de su propio cuerpo son ámbitos de elección personal. Por tanto, la imposición de normas que atentan contra esta autonomía sin dar buenas razones para ello puede dar lugar a desafíos, quebrantamientos de las normas y mentiras para poder saltárselas.

A partir de los 3 años, los niños consideran que la elección de las actividades para divertirse, la elección de amigos y de compañeros de juegos, las actividades de expresión y creatividad así como el control de su propio cuerpo son ámbitos de elección personal.
Anna Kraynova/Shutterstock

Un estudio reciente sobre el desarrollo moral infantil demuestra cómo los niños reconocen la autoridad de sus padres, aunque no de forma ciega.

Si las razones que dan los adultos para imponer una prohibición no son consideradas legítimas, los niños juzgan que desafiar las normas o mentir para no cumplirlas es correcto. Si las razones que dan los padres están basadas en cuestiones pragmáticas (no ir a jugar al baloncesto para no romper la ropa nueva) o de prudencia (no volverse a torcer el tobillo), los niños juzgan como legítima la prohibición de jugar al baloncesto. Pero no lo hacen si las razones están basadas en sesgos de género (el baloncesto es de niños/niñas) o raciales (no puedes ir con ese amigo porque es negro).

Un equilibrio difícil

La crianza y educación de hoy enfrentan el desafío de equilibrar la disciplina y la comprensión. Reflexionar sobre el rumbo que tomamos es crucial para forjar ciudadanías conscientes y respetuosas.

¿Cómo definimos la mala conducta en nuestros propios hijos o de nuestro alumnado? ¿Cuándo y por qué ocurre? Y lo más importante, ¿cómo respondemos a estas situaciones? Estas preguntas son cruciales para afrontar una educación consciente y centrada en el desarrollo moral de las niñas y los niños.

Beatriz Martín del Campo, Profesora Titular de Universidad. Psicología Evolutiva y de la Educación., Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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