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Envejecimiento y obesidad, claves de una relación difícil

Envejecimiento y obesidad, claves de una relación difícil

Nos encaminamos hacia una sociedad cada vez más obesa y envejecida, pero aún queda mucho por descubrir sobre cómo interaccionan esos dos factores a nivel fisiológico.

Llegar a los 122 años, como la francesa Jeanne Calment (1875-1997), parece prácticamente impensable, e incluso asusta. Pero lo cierto es que las cifras que manejamos en relación con el envejecimiento demográfico son alarmantes. Para 2050, se espera que se triplique la población de más de 80 años. En España, uno de los países más longevos del mundo, se prevé que al llegar a la actual edad de jubilación, 65 años, sus habitantes tengan una esperanza de vida de 28 años más.

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Este aumento constante de la longevidad supone un desafío que engloba factores económicos, sociales, estructurales, políticos, médicos y científicos. Tanto es así que, de 2016 a 2020, la OMS estableció una “estrategia global y un plan de acción para envejecimiento y salud”.

Naciones Unidas también declaró la “Década del Envejecimiento Saludable” desde 2020 a 2030, una especie de plataforma colaborativa y global destinada a afrontar esta realidad cercana y asegurar la atención continuada a los mayores. En parte, porque sabemos que los cuidados temporales y paliativos de la salud ya no son suficientes para cubrir las necesidades de la población senior.

El desafío de envejecer con salud

Mantener una buena salud en etapas tardías de la vida se ve, además, afectado por los riesgos derivados de las enfermedades metabólicas asociadas a la edad. Desafortunadamente, las cifras que manejamos en relación con la obesidad son también preocupantes: se espera que, en pocos años, uno de cada dos adultos sea una persona obesa.

Este escenario desalentador se agrava al constatar que el exceso de grasa corporal aumenta las posibilidades de sufrir comorbilidades –dolencias asociadas– como enfermedad cardiovascular, diabetes y cáncer. Es, por tanto, incuestionable que el ritmo acelerado de envejecimiento, junto con el crecimiento de la obesidad, representan una seria amenaza para la salud global.


Vaillery/Shutterstock

En este punto de encuentro, la coexistencia de obesidad y sarcopenia –la pérdida de masa y fuerza muscular característica de personas mayores– cobra especial relevancia. Se llama obesidad sarcopénica y aumenta las probabilidades de que las personas mayores padezcan enfermedades metabólicas, comorbilidades, caídas, discapacidades, enfermedades psicológicas y muerte.

Un grupo de investigadores del Instituto Madrileño de Estudios Avanzados IMDEA Alimentación y el Instituto Nacional de Envejecimiento en Estados Unidos acabamos de publicar un artículo de opinión colaborativo indicando cuáles son los aspectos fundamentales que permitirán avanzar en las investigaciones interdisciplinares en envejecimiento y obesidad.

El lugar donde se acumula la grasa y la edad importan

Uno de los mensajes fundamentales es que la relación del envejecimiento y la mortalidad con la obesidad y la distribución de la grasa corporal no es simple, ni mucho menos lineal. De hecho, sabemos que cambia según la localización del tejido adiposo o grasa corporal.

Por ejemplo, el aumento de la adiposidad visceral (en el abdomen) constituye un fuerte indicador de mortalidad. Por el contrario, el incremento de la subcutánea se asocia con una disminución del riesgo. En cuanto al tejido adiposo intermuscular, que también aumenta con la edad, sí se vincula a un mayor peligro de fallecimiento.

Otro factor determinante es la edad. Aunque la obesidad reduce la esperanza de vida de los individuos jóvenes y acelera el envejecimiento prematuro, sabemos que mantener la grasa corporal en edades avanzadas predice un aumento de la supervivencia. Y del mismo modo, la pérdida de peso no intencionada en personas mayores está vinculada con un mayor riesgo de morir.

En nuestro artículo quisimos poner de manifiesto que no existen estudios específicos que determinen de manera directa el efecto de la edad sobre la obesidad. Además, animamos a la comunidad científica y las instituciones al desarrollo de trabajos que permitan seguir de forma individualizada esta patología en el tiempo, de tal modo que nos permitan esclarecer los entresijos de esa relación dinámica.

Reducir la ingesta energética puede alargar la vida

Desde el punto de vista biológico y fisiológico sabemos desde hace una década que ciertos procesos celulares, moleculares y neuroendocrinos modulan los procesos del envejecimiento. Se conocen como los hallmarks (algo así como “señas de identidad”) del envejecimiento y han sido revisados recientemente.

También sabemos que muchos de esos procesos son similares en la obesidad, como el daño por estrés oxidativo, la inflamación o la desregulación de los procesos de reciclaje celular o autofagia. La existencia de estos mecanismos comunes abre la puerta a pensar que estrategias utilizadas frente a la obesidad puedan a su vez ralentizar el envejecimiento y preservar la salud, o viceversa.

En este sentido, los cambios en hábitos alimenticios y la práctica de ejercicio físico se convierten en la primera línea de actuación. Intervenciones que reducen la ingesta energética, como la restricción calórica o el ayuno intermitente, han demostrado su potencial para extender la esperanza de vida en la mayoría de organismos con los que se ha experimentado.

Es muy interesante resaltar que esos beneficios fisiológicos se han observado incluso en ausencia de pérdida de peso o a pesar de volver a ganarlo.

En este sentido, bajar los kilos no se enmarca como el objetivo primordial en las investigaciones que llevamos a cabo en el área del envejecimiento. De hecho, sabemos que ciertas intervenciones antienvejecimiento son capaces de aumentar la esperanza de vida en animales cuando éstos están alimentados con dietas ricas en grasas, pero que no parece ocurrir lo mismo cuando el contexto alimenticio es estándar. Estas investigaciones ponen de nuevo de manifiesto la intrincada relación que existe entre ambos procesos.

¿Y qué pasa con el ejercicio?

Esa complejidad también se observa cuando se añade el ejercicio a la ecuación. Aunque de forma general la actividad física se asocia a un aumento de longevidad, múltiples estudios con animales no han logrado conectar ambos parámetros de una forma estadísticamente significativa.

En cualquiera de los casos, la idea de “toda actividad y a cualquier edad suma” es la que tiene que predominar. Sus beneficios sobre la salud son incuestionables.

Además de los cambios en el estilo de vida, existen diversos tratamientos farmacológicos para combatir la obesidad. Entre ellos, los fármacos que imitan la acción de una hormona liberada por el intestino, conocida como GLP-1, están demostrando una eficacia admirable.

Las investigaciones recientes apuntan a que el tratamiento con estos fármacos modulan los hallmarks del envejecimiento, llegando incluso a revertir ciertos procesos del envejecimiento cerebral de animales. No obstante, hasta la fecha no se ha demostrado que aumenten la longevidad.

Alberto Díaz-Ruiz, Jefe de Grupo, Laboratorio de Gerontología Celular y Molecular, IMDEA ALIMENTACIÓN

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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