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Desmitificando el éxito: el síndrome del impostor y por qué no es del todo malo experimentarlo

Desmitificando el éxito: el síndrome del impostor y por qué no es del todo malo experimentarlo

Normalizar e interiorizar el extendido sentimiento de no merecerse el éxito y el reconocimiento de los demás es una buena estrategia para superarlo.

En un mundo saturado de información y constante exposición a imágenes de éxito en las redes sociales, el reconocimiento y la admiración se han vuelto más accesibles que nunca. ¿Quién no querría una vida llena de likes, filtros perfectos y logros aparentemente inmaculados?

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Sin embargo, detrás de la fachada de perfección se oculta una realidad más compleja y común de lo que podríamos imaginar: el síndrome del impostor.

Profesiones sensibles al síndrome

El síndrome del impostor es como una sombra oscura que acecha a quienes han conseguido destacar. A pesar de sus resultados y los elogios recibidos, las personas que experimentan este fenómeno psicológico se ven atrapados en un ciclo de duda y temor constante a ser descubiertos como impostores. Suelen atribuir su éxito a la suerte o factores externos, en lugar de reconocer sus propias habilidades y esfuerzos.

Los primeros estudios sobre el tema se remontan a los años 70 del siglo pasado, y estaban enfocados principalmente en mujeres con alto perfil profesional. En la actualidad, el síndrome del impostor se manifiesta en una amplia variedad de sectores donde el éxito y el reconocimiento son comunes.

Por ejemplo, en el ámbito académico, los investigadores pueden percibirlo a pesar de sus logros científicos. En el mundo empresarial, los líderes y emprendedores exitosos a menudo luchan con sentimientos de inadecuación o falta de preparación para desempeñar su cargo. Y en el ámbito de la salud y la medicina, los profesionales –especialmente aquellos en periodo de formación– también lo experimentan con frecuencia.

Los casos de Cary Grant y Sofia Coppola

Los artistas y profesionales creativos no escapan a este autocuestionamiento. Es el caso de actores como Cary Grant o la cineasta Sofia Coppola, que ganó el Óscar por el guión de su película Lost in Translation.

A pesar de provenir de una familia influyente en la industria del cine, Coppola ha admitido que a menudo se ha sentido presionada por las expectativas y la comparación con su padre, el legendario director Francis Ford Coppola. Como ha contado en varias entrevistas, lucha con sentimientos de inseguridad y duda sobre su propio talento, a pesar de su éxito en la industria.

En conclusión, el síndrome del impostor puede ser habitual en profesiones donde el reconocimiento es la norma. Es decir, parece existir una fuerte relación entre personas que han alcanzado notables éxitos personales y los síntomas que describen este síndrome.

Esta prevalencia podría explicarse por un sesgo cognitivo: el efecto Dunning-Kruger. Este fenómeno psicológico que describe la tendencia de las personas menos competentes a sobreestimar sus habilidades, mientras que aquellos más capacitados tienden a subestimar las suyas. Está estrechamente relacionado con el síndrome del impostor, ya que ambas condiciones reflejan una discrepancia entre la percepción interna de uno mismo y la realidad objetiva.

No hay que estigmatizarlo

Abordar el síndrome del impostor puede plantear un desafío, pero existen estrategias que han demostrado ser efectivas en este empeño. La primera clave quizá estriba en comprender que es algo habitual durante nuestro proceso de crecimiento, y que debemos aceptarlo. La autoafirmación positiva, la búsqueda de apoyo social o la reevaluación de los logros personales son sólo algunas formas de abordar este problema.

A menudo, las personas afectadas necesitan trabajar en su autoestima y autoconfianza, lo cual puede implicar a su vez desarrollar habilidades de autorreflexión y autocuidado. Aunque aún no se ha evaluado de manera exhaustiva, la terapia cognitivo-conductual podría ser útil en este sentido, al ayudar a las personas a identificar y gestionar los pensamientos distorsionados que alimentan el sentimiento de ser un impostor.

Normalizar esta experiencia y contextualizarla –en lugar de estigmatizarla– puede ayudar a las personas a reconocer que no están solas en sus sentimientos de inadecuación.

Y aquí es donde entran en juego los mentores, especialmente las mujeres o personas pertenecientes a grupos minoritarios, que pueden desempeñar un papel crucial al compartir abiertamente sus propias experiencias y desafíos en el lugar de trabajo. Estos modelos aportan perspectivas valiosas, ayudando a normalizar las dificultades y a fomentar una cultura de apoyo y comprensión mutua.

Como reflexión final, recuerde que incluso las personas más destacadas en su oficio han afrontado este extendido síndrome. Si nunca lo ha sentido, quizá no se esté esforzando lo suficiente. En cambio, si ya lo ha experimentado, es probable que esté avanzando por el camino correcto.

Víctor Martínez Pérez, Profesor en la Facultad de Medicina de Albacete (Departamento de Psicología), Universidad de Castilla-La Mancha; Alejandro Sandoval Lentisco, Contratado predoctoral FPU, Universidad de Murcia; Guillermo Campoy, Profesor de neurociencia cognitiva, Universidad de Murcia; Lucía B Palmero Jara, Investigador Contratado Doctor de Psicología Básica, Universidad de Murcia; Luis J. Fuentes Melero, Catedrático de Psicología Básica, Universidad de Murcia y Miriam Tortajada Gomariz, Contratada predoctoral en Psicología experimental, Universidad de Murcia

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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